
Tendido sobre la arena, viendo los irrecuperables colores de la tarde, respiraba sintiendo que nada de lo vivido le era ajeno. Sin duda su historia, sus penas, llantos, dolores y alegrías no eran para nada ordinarios. Había llegado a una etapa en la que las trivialidades de los otros le parecen juegos y todo lo esencial le es revelado sin mayor esfuerzo. Puede ver con facilidad el mundo interno de quienes se le cruzan en su deambular cotidiano... así va descubriendo mundos y regalando precisamente lo que los otros esperan justo recibir en cada encuentro. Siente de inmediato la energía desplegada y conecta con las almas de una manera que a ratos incluso le asombra. Y es que algo ocurrió en él y produjo ese inmenso vuelco existencial, destapando capacidades que no creía que estuviesen dentro suyo. Trasciende las diferencias de los envases, es capaz de traspasar las miradas para perderse en los parajes que configuran las ganas de quienes tiene al frente. A menudo se emociona - incluso hasta las lágrimas- con lo que le pasa a esas otras almas...
Esa tarde, viajaba mentalmente por los rincones de su memoria desempolvando imágenes y sonidos del tiempo. Las nubes ya no eran nubes, eran un desfile de personajes de algodón, y ya no estaba tendido en la arena si no en el techo de aquella enorme casa construida por su abuelo, hasta donde llegaba en secreto y pasaba tardes enteras muchas veces hasta quedarse dormido o hasta saltar de allí practicando el vuelo, que estaba convencido que todos los seres humanos habían perdido en algún momento al hacerse adultos. Saltaba del techo y aterrizaba en el patio de sorpresa, siempre sin daño porque de tanto hacerlo ya sabía cómo caer sin problemas.
Solo, estaba completamente solo... sintiendo esa misma brisa que lo envolvía cuando trepaba hasta la cima de los árboles para mecerse por largo rato sentado en sus ramas. Su vida había sido marcada por la inmensidad de la soledad de adentro, esa que curtió su temple y que con los años se transformaría en una compañera incondicional sin él quererlo. Hubo un par de años en los cuales esa amiga pareció alejarse y no supo de ella nada... se había enamorado perdidamente y el amor llenaba todos los espacios... en ese tiempo vivía disparado al futuro imaginando una vida junto a quien amaba. Juntos conquistaron bosques milenarios, cascadas perdidas, volcanes y mares. Pero un día cualquiera, sin él quererlo ni entenderlo, toda esa historia se terminó y el vacío se hizo inmenso, el paisaje comenzó a desaparecer y todo se volvió de un color gris amargo. Se perdió muy desorientado, el futuro ya no existía y el amor lo había abandonado... así, sumido en el más inmenso dolor imaginado, murió enterrado en el olvido.
Por eso, ahora viendo los irrecuperables colores de la tarde, acompañado nuevamente de su amiga la soledad, respira hondo pues pocos saben que regresó de la muerte y ésta vez sin pedir nada... solamente regala todo lo que puede, se emociona, abraza, lucha con los otros que va descubriendo en su camino y que en algo se le parecen, y mira al cielo para agradecer estar nuevamente vivo... el Amor para él parece ser cosa del pasado, por momentos lo extraña porque sabe que cuando ama el mundo se llena llega de magia. Pero no le ha ido bien y quién sabe si algún día volverá a sentirlo a su lado... tal vez eso nunca más ocurra.
Se levanta, se viste, toma su armadura, empuña su espada y se dispone a librar otra batalla...




